Durante una excursión de fotografía y video que realicé a Valparaíso, en un recodo del cerro Miraflores conocí a Luis Rubilar, “El Conejo”. Se encontraba haciendo mantención a su  Volkswagen escarabajo rojo, un auto que me ha fascinado desde niño y de mi color preferido.

Sin darnos cuenta mientras hacía unas fotografías de lo que después supe que era su casa, conversábamos animadamente sobre la belleza arquitectónica y urbana de Valparaíso, y entre un comentario y otro, me informa que con frecuencia lleva turistas en su escarabajo, para que conozcan si ciudad. Los lleva a los lugares que él considera que son dignos de conocer, principalmente los cerros y sus casas encaramadas en anfiteatro.

Siempre quise hacer un documental sobre Valparaíso, una historia como las que me gusta hacer, directa, espontánea, contemplativa, humana. La tentación de dejarme llevar por la historia de “El Conejo” y su Valparaíso personal fue inmediata y luego de registrar su teléfono le prometí llamarlo para que saliéramos a conocer Valparaíso. El de él.

Coincidiendo con el taller de Montaje y Edición Digital que estaba realizando en 2007 en la Academia de Cine La Toma, donde debía presentar un proyecto fílmico como trabajo final de aprobación, decidí realizar este documental, era la oportunidad adecuada. Así comencé a salir a conocer Valparaíso con Luis Rubilar ese mismo año.

Cada recorrido que realizamos por los diferentes lugares que él decidía mostrarme, me fueron dando la ruta del montaje de esta historia. Dejé que todo fluyera naturalmente pues la historia estaba hecha y era cosa de saber registrarla.

El trabajo de rodaje durante las 6 jornadas en que recorrimos la ciudad en un escarabajo rojo, fue inolvidable. Un denominador común estuvo en cada ocasión, el amor de Luis por su puerto. Cada rincón de la ciudad fue presentándose desde la mirada de Luis, cada cuadro fue propuesto por él. Mi cámara fue sus ojos.

El documental tuvo un pre-estreno en el restorán Onaciu y luego fue estrenado el año 2008 en el Teatro Municipal de Valparaíso y además se presentó en la Cineteca Nacional, el Goethe Institut, y la sala de Le Monde Diplomatique.


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A propósito de Valparaíso visto desde el auto del pueblo

Por Remis Ramos Belmar

Semiólogo

En “Valparaíso en Escarabajo” estamos en presencia de un trabajo documental que coloca como protagonista a alguien del pueblo, alguien capaz de darnos una mirada cotidiana del entorno donde se desenvuelve su vida. Acá el documental es doble, pues a través del guía conocemos tanto su propia vida, sus pasiones y sus nostalgias como el lugar en el que vive, una ciudad a escala humana, apropiada por sus habitantes.

Un gran fuera de campo hace referencia a todos los habitantes del puerto, quienes viven y sufren en las mismas calles empinadas que se ven en el trabajo de Osvaldo Rodríguez. Basta ver una vida para verlas todas, basta ver una calle de Valparaíso para conocer todo el puerto. Sin embargo, Osvaldo es más pretencioso y nos lleva a recorrer un camino de detalles que no se pueden suponer en el relato del guía ni en la vida de una sola persona.

A poco andar nos damos cuenta que el verdadero relator es la cámara de Osvaldo que se inspira en la voz de El Conejo y en los relieves del puerto. Una escalera no es la suma de sus peldaños ni un camino que nos lleve a alguna parte. En este documental, una escalera es cada paso que da cada persona que la sube, indicándonos el esfuerzo de todos los días de todos los que la suben o bajan. Paso a paso nos damos cuenta de esa huella, de ese andar y empatizamos con el sudor de cada habitante. Asimismo, una calle no es el camino que nos lleva a casa o al trabajo. Acá una calle es la mirada hacia el futuro y el recuento del pasado, es la memoria del pueblo que sabe y sabrá reconocer su propia vida en cada vuelta.

No hay por donde perderse, nadie se pierde en esos innumerables escondrijos y recovecos que pueden ser reconocidos sólo por quienes viven allí, en tanto que para los forasteros son el reflejo de sus duras caminatas que tuvieron que realizar para saber de qué se trataba la magia del puerto principal. Todos pueden reconocer cada paso dado por la cámara de Osvaldo. Aunque no faltan imágenes panorámicas, éstas están allí sólo como referencia ilustrativa a la poesía de El Conejo.

La fuerza narrativa está en el plano detalle, en la anécdota, en la casualidad del perro durmiendo en la calle, la silla entre las casas mirando al mar, la escalera interminable e inconducente a ninguna parte, la muralla pintada, las personas tomando el sol, la gente caminando, las flores en la ventana, los ojos en los techos, los remolinos, las bajadas y subidas, las piedras de la calle, los árboles anclados al suelo como alegoría a los barcos que pasan sus horas esperando ser cargados o descargados en los molos, la concomitante coexistencia de la cárcel con el cementerio.

Los colores son la metáfora al cariño que sus habitantes tienen por el puerto, siendo excelentemente bien recogidos en cada toma, azules, amarillos, rojos, verdes, un verdadero reflejo de la diversidad de sus habitantes y la alegría del espíritu que la voz del documental enuncia como indescriptible, pero que está siendo descrita por las imágenes certeras de la cámara del realizador. Un buen complemento narrativo es la música del documental, también obra del autor. Ella nos sitúa desde el comienzo en la nostalgia del puerto, en la cadencia de un andar obligadamente tranquilo, reflexivo en la permanencia de cada paso.

La música nos conduce por la mirada del realizador, nos lleva amablemente a desear la visita a los lugares, a intentar después reconocer el recuerdo de cada imagen dejada con delicadeza en nuestra memoria.

Nos queda nada más que agradecer esta visión de nuestro amigo, este recorrido por el respeto a la emoción, el cariño y los sentimientos de lo nuestro. El documental de Osvaldo es claramente creador de identidad, un poema, un homenaje a nosotros mismos, a nuestro pueblo, al habitante de Valparaíso que hace suya la ciudad y la quiere.

Remis Ramos Belmar

Abril 2008